Por María Paz Chaves Viviani

14 de diciembre de 2023


El paisaje, remarcaba él, se piensa en mí, yo soy su conciencia.

Merleau-Ponty sobre la mirada contemplativa de Cézanne.


Angustia. Ese desagradable, molesto, y sombrío sentimiento que nos oprime el pecho y nos quita el sueño. Que nos desespera y perturba. Que nos empuja, en un mismo movimiento, a la acción y a la pasividad: mismas ganas de salir corriendo hasta un lugar seguro, que de quedarnos quietos. Que por momentos parece que no está; pero no, siempre está ahí, latente. A diferencia de otros, la angustia es un sentimiento extraordinariamente subjetivo, radicalmente individual, casi solitario, que intentamos esconder de los demás. “¿Todo bien?”, nos pregunta alguien. “Sí, claro, ¿qué estaría mal?” respondemos, intentando que no se nos note el sofoco, manteniendo las apariencias lo mejor que nos lo permita la situación. Para, ya en la tranquilidad de nuestra habitación, explotar y dar rienda suelta a eso que hemos ido empujando poquito a poco cada vez más a las profundidades de nuestro ser. Pero ¿qué es la angustia? ¿Qué nos angustia? Nos angustia el todo, nos angustia la nada. Nos angustia, en palabras de un conocido filósofo de apellido impronunciable, la conciencia última del sinsentido de todo. Por supuesto, solemos angustiarnos por cuestiones de nuestra vida personal. Por una ruptura amorosa, por un problema familiar, por nuestras amistades, por la facultad, por el trabajo, por la plata que no alcanza, por planes que no se concretan, porque el tiempo pasa, por querer y no poder, y la lista sigue, y sigue, y sigue. Ahora, en contra de la creencia bastante compartida de que la angustia es cosa íntima, privada, yo me pregunto, ¿acaso lo que ocurre en el ámbito público no puede angustiarnos? ¿No nos angustió el COVID, las elecciones, la suba del dólar, la inflación, la inseguridad? Una simple charla en una juntada con amigos, o en el almacén con los vecinos, o un paneo en redes sociales o estados de Whatsapp nos confirma que sí. Nos angustia lo que nos pasa como personas individuales, y nos angustia lo que nos pasa como pueblo.

Pensemos un poco más en las elecciones, tan recientes, trascendentales, y tan capaces de trastocar hasta al más cuerdo. Justamente, para Kierkegaard, lo que angustia es el momento previo a la decisión. Podemos elegir, somos libres para hacerlo. Pero el tema es que podemos elegir bien, o elegir mal. Y en esa incertidumbre se juega todo. Ante los resultados del 19 de noviembre, muchos salieron a expresar lo que sentían: “Mira que busco distraerme eh, pero la angustia en el pecho y sentir que estoy viviendo una pesadilla, es total”; “me angustia como estudiante de la universidad pública, como hija y nieta de trabajadores, como mujer”, “Miedo. Angustia. Esto es una pesadilla”1. Sugiero, entonces, que es posible pensar la angustia en términos políticos. ¿Y qué contexto más adecuado para pensarla, que el de este mundo fuera de quicio que habitamos?

A riesgo de sonar ingenua, algo que me sorprende mucho de la vida adulta es la exigencia de ser productivos, de cumplir con todo, de dar siempre más, a pesar de las vicisitudes a las que constante e inevitablemente nos enfrentamos. Si nos ponemos a pensar, es un poco un sinsentido que estemos preocupados por rendir ese parcial, o por pagar el monotributo, o por tachar una tarea de nuestra lista de cosas por hacer, cuando la realidad que nos rodea se hace cada vez más turbulenta. ¿Cómo lo hacemos sin perder la cabeza? Me gustaría tener una respuesta definitiva. Lamento decepcionarlos, pero no la tengo. Sin embargo, Byung-Chul Han ofrece algunas claves muy útiles para pensarnos en nuestra sociedad actual. Nosotros, “sujetos de rendimiento” como él nos llama, somos libres (qué palabrita). No estamos atados a nadie, no hay un otro que nos explote. Muy por el contrario, del otro lado de esa insistente obligación de rendir hasta el último esfuerzo, vemos un único reflejo: somos nuestro propio verdugo. Al pensar que siempre podemos más, nos enzarzamos en una competencia fatal con nosotros mismos, hasta que no podemos-poder-más. El único fin posible para este círculo vicioso que nos forzamos a transitar en búsqueda de la maximización del rendimiento, es el colapso. La sobreexigencia y sobre-productividad típicas de esta sociedad -sumadas a la incertidumbre y perplejidad frente a una actualidad tumultuosa y un futuro incierto- derivan indudablemente en ansiedad, depresión, insomnio. Resumido en una palabra, en angustia.

Nos encontramos, también según Han, frente a una “violencia de la positividad, basada en la spamización del lenguaje, en la sobrecomunicación y la sobreinformación” (2019, p. 6). Algo relacionado con esto que he visto mucho últimamente y que considero sumamente preocupante es el odio (o la violencia, diría Han) que circula en redes sociales, en conversaciones cara a cara, en noticieros. Vi innumerables posteos afirmando que Argentina no tiene solución, que nos merecemos cagarnos de hambre, el dólar a $10.000, y mil cosas del estilo. Y yo entiendo absolutamente la disconformidad con la realidad actual, pero me pregunto ¿hasta dónde vamos a llegar? ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar? ¿Acaso no queremos todos lo mejor para nuestro país? No pretendo que esto sea leído como un discurso utópico de amor y paz, ni cerca. El punto acá me parece que es, ¿qué tanto conflicto podemos aceptar sin resquebrajar los acuerdos democráticos que se han ido construyendo a lo largo de los años, con tanto esfuerzo? Y me parece que estamos peligrosamente cerca del límite; o peor aún, ya lo pasamos. Qué angustia.

¿Estamos condenados, entonces? ¿No hay salida? ¿O existe alguna manera de disipar un poco estas nubes negras de angustia? ¿Acaso se esconde, detrás de un sentimiento tan oscuro, algo de potencia creativa? Me animo a afirmar que sí, y me parece que la solución está, como esbocé más arriba, en dejar de pensar la angustia como algo que tenemos que resolver solos. La salida de la angustia está en el nosotros. Ya lo dijo el feminismo: “lo personal es político”, que bien puede leerse como “lo personal es colectivo”. El otro no es ni debe ser el enemigo. El otro es también parte nuestra, y es con él, con ella, que podemos salir adelante. ¿Pero cómo? ¿De un día para el otro nos levantamos, nos damos cuenta de que se cerró la grieta, somos todos amigos? No, imposible. La unanimidad es inalcanzable y como bien dice Lefort, el conflicto es parte constitutiva de la política. Pero debe haber alguna forma de salir de este estado de anomia colectiva, de guerra de todos contra todos. Por suerte, nos sirve que lo que vemos nosotros ahora, ya lo vio Perón (2016) en su momento, y dijo:

"Incumbe a la política ganar derechos, ganar justicia y elevar los niveles de la existencia, pero es menester de otras fuerzas. Es preciso que los valores morales creen un clima de virtud humana apto para compensar en todo momento, junto a lo conquistado, lo debido. (p. 121, cursiva mía)."

La clave estaría entonces, en organizarse como comunidad, apostar por valores compartidos, y confiar en que con ellos podremos conjurar alguna forma de resistencia contra los azares de esta modernidad dislocada. No es fácil, pero es posible y necesario.

Ya quedó claro, creo, que la angustia es ineludible, obstinada y le gusta nuestra compañía. Todos hemos pasado momentos que nos hacen dudar y temer, muy probablemente los estemos pasando ahora, y los volveremos a pasar. La vida es así. Pero la vida también es ánimo y entusiasmo. Es equilibrio. Porque como dice Freud, aunque “el designio de ser felices que nos impone el principio del placer es irrealizable; mas no por ello se debe -ni se puede- abandonar los esfuerzos por acercarse de cualquier modo a su realización” (2002, p. 12). Y me parece que un poco ahí está la esencia de lo humano, en la perseverancia a pesar de las adversidades, en el intentar encontrar siempre un atisbo de esperanza y aferrarse a él hasta que pase la angustia. Así, finalizo este intento de reflexión retomando una línea de Hamlet que me parece bellísima, pero dándole un leve giro; en el que las opciones con las que nos topamos no sean sólo dormir o morir -sólo soportar la angustia- sino “Dormir, tal vez soñar” (Shakespeare, 2016, p. 116). Dormir y soñar en conjunto, diría yo. Soñar con la ilusión de un futuro, aunque sea un poco más brillante.


Notas

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Referencias bibliográficas

Freud, S. (2002). El malestar en la cultura. Librodot. Ver en PDF.

Han, B.-C. (2022). La Sociedad del Cansancio. HERDER & HERDER.

Han, B.-C. (2022). Topología de la violencia. HERDER & HERDER.

Topología de la violencia. (13 de septiembre de 2014). Mentira la verdad - La Angustia. [video de YouTube]

Perón, J. D. (2016). La comunidad organizada. Biblioteca del Congreso de la Nación. Ver en PDF.

Shakespeare, W. (2016). Hamlet. Ediciones UNGS.Ver en PDF.

Sztajnszrajber, D. (2018). Filosofía en 11 frases. Paidós.