INICIO
» PUBLICACIONES ESTUDIANTILESCiencia Cultural y Ciencia Natural para Rickert
Por Emilio Poeta14 de diciembre de 2023
Rickert, discípulo de Windelband, pertenece a la escuela de Baden, la cual discutió asiduamente con otra escuela neokantiana contemporánea, la escuela de Marburgo. Esta última estuvo integrada destacadamente por Cohen, Natorp y Cassirer. En ambas escuelas se reflexionó sobre la fundamentación filosófica de las ciencias culturales. Luego de que Kant defendiera la universalidad del conocimiento de las ciencias matemáticas de la naturaleza, se intentó determinar cómo puede haber conocimiento en las ciencias del espíritu o culturales, en las que los fenómenos que debe conocer son sucesos singulares e individuales.
El siguiente trabajo tiene como objetivo mostrar los problemas que trae aparejado el criterio de diferenciación de ciencias propuesto por Rickert en su obra Ciencia Cultural y Ciencia Natural (1922). Para ello, es preciso reconstruir y evaluar la teoría que desarrolla Rickert en torno al objeto y método de las ciencias culturales y naturales.
Los neokantianos de la escuela de Baden enfrentaron el desafío de desarrollar una teoría del conocimiento histórico acorde a los principios de la filosofía crítica1. La filosofía, así, se vuelve una ciencia de segundo grado, en la medida en que investiga la estructura lógica y las condiciones de posibilidad del conocimiento de las ciencias particulares.
Windelband propone diferenciar las ciencias en función de su método, ya que un mismo objeto puede ser abordado por diversas ciencias. Para él, cualquier cosa que ocurra para la naturaleza está sujeto a leyes universales, lo que suceda en la historia está relacionado con la cultura. Ninguna de estas dos partes del reino de lo empírico tiene validez en el reino de los valores, el cual trasciende tanto la naturaleza como la historia. Pero precisamente de esta distinción de reinos surge el problema de la relación entre los valores y hechos, normas y existencia. Pero, ¿qué son los valores? Rickert insiste en la dificultad de una definición, dado que son unos de nuestros conceptos más básicos. Pero, para hacerlos más comprensibles, recurre a la diferencia entre lo que es (hechos) y lo que debe ser (valores). Los segundos, aparecen bajo la forma de normas, reglas, obligaciones, imperativos y fines; asimismo, los valores no se reducen a sus expresiones, sino que las validan. Sin embargo, ¿cómo es posible la actualización de los valores que se da en el mundo, i.e. la acción conforme a fines, si las normas y la existencia son tan distintas? Este es el problema que Rickert hereda de su maestro; por ello es que intentará mostrar cómo valores y hechos están interconectados y forman una concepción del mundo coherente.
Para Rickert hay dos objetivos epistémicos básicos, identificar qué hay en común entre cosas distintas (sus propiedades generales o universales) y otro es identificar qué distingue a una cosa de otra (su individualidad y especificidad). Respondiendo a estos dos intereses surgen dos métodos distintos, el primero es la generalización, encontrar lo universal en lo particular. El segundo es la individuación, encontrar lo particular en lo universal. Para Rickert estos intereses y métodos son la base para la distinción de ciencias, la generalización para las ciencias naturales y la individuación para las ciencias históricas. Conocer la batalla de Waterloo, el Renacimiento o el ascenso al poder de Julio Cesar implican un método para captar lo individual, único e irrepetible. La realidad es una sola, pero la percibimos distinta según el método que utilicemos. Es naturaleza si la tratamos con métodos universalizantes e historia si lo hacemos con métodos individualizantes.
Sin embargo, Rickert reconoce que esta división de métodos es una simplificación, puesto que frecuentemente la ciencia natural utiliza el método de las ciencias históricas, y viceversa. Simplemente define dos extremos, mientras que las ciencias en la realidad se encuentran en el medio. Producto de esta dificultad surgida en el criterio metodológico, Rickert sugiere una distinción material (o de objeto) para distinguir las ciencias: un objeto pertenece al reino de la cultura si posee un valor, mientras que pertenece a la naturaleza si no lo posee. Un valor no es simplemente algo que una persona desea, sino que es una norma reconocida universalmente por una sociedad. Así la cultura es la totalidad de objetos que están unidos a valores universalmente reconocidos. No obstante, es necesario aclarar que no se trata de una distinción material estrictamente, puesto que no es una distinción entre tipos de entidad. Los valores y los objetos naturales caen bajo un dominio natural distinto. Los valores se encuentran en el dominio irreal del significado y la intencionalidad, y no son ninguna clase de entidad, no se dice un valor que es real, sino que es válido.
Asimismo, el método de individuación depende precisamente de los valores porque el historiador, explica Rickert, necesita un principio de selección de objetos a estudiar; puesto que el mundo (natural o histórico) tal como lo experimentamos es una multiplicidad de objetos, cada uno infinitamente complejo. Este principio para dividir lo esencial de lo inesencial está determinado por los intereses del historiador, los cuales dependen, en última instancia, de sus valores. Así, un objeto solamente se vuelve particular y único en la medida en que una cultura se interesa por él. Además, la referencia a valores garantiza la objetividad, porque como dice Rickert (1922)
Esta universalidad de valores culturales es justamente la que evita el capricho individual en la conceptuación histórica. Sobre ella descansa, pues, la objetividad de los conceptos históricos. Lo históricamente esencial no ha de ser importante solo para este o aquel individuo aislado: debe serlo para todos. (p. 101)
De esta manera, más que una distinción de métodos, lo que diferencia a las ciencias es la presencia o ausencia de valores. Las ciencias culturales están constituidas por valores, mientras que las ciencias culturales no. Sin embargo, es evidente que la propuesta de Rickert no es satisfactoria. En efecto, las ciencias naturales también necesitan un principio para dividir lo esencial de lo inesencial. El propio Rickert reconoce que las ciencias naturales no están totalmente libres de valores, los científicos naturales también clasifican lo esencial en virtud de valores; por lo tanto, se desploma este criterio de diferenciación de las ciencias.
Otro problema que traen aparejados los valores es el del relativismo. Rickert debatió asiduamente con positivistas (por sus intentos de reducir todas las ciencias al método de las ciencias naturales) e historicistas (porque representaban el relativismo del conocimiento histórico). La ciencia demanda objetividad, pero cómo puede haberla si el conocimiento depende de valores variables. Parece que la relatividad de los valores engendra relatividad en el conocimiento histórico. Para justificar la dependencia de valores, Rickert sostiene la universalidad y necesidad de ciertos valores básicos. Estos valores son universales puesto que negarlos sería autocontradictorio, pues siempre se los presupone. Hay valores formales que no prescriben fines específicos, sino que establecen las condiciones por las que alguien tiene fines. Estos valores serían principios suprahistóricos en la medida que determinan las condiciones necesarias para que haya valores. Sin embargo, tal como señala Beiser (2012), los pocos principios que sugiere Rickert son tan generales que no eliminan la posibilidad de relativismo en el nivel más específico de la investigación histórica. Tales principios universales son compatibles con todos los valores específicos, pero no solucionan los conflictos o contradicciones que se dan entre los valores específicos. Por lo que los historiadores pueden conducir sus investigaciones de acuerdo a distintos y ,a veces, contradictorios valores. Nuevamente el puente entre los principios trascendentales y el contenido de la experiencia queda débilmente fundado.
Frente a estas dificultades, Rickert sugiere otra solución para mantener la objetividad y la dependencia de valores, mediante una distinción de actos, a saber: una cosa es valorar, otra es relacionar a valores. Al valorar se aprueba o desaprueba algo; al relacionar a valores señalamos la importancia que tiene para los propios agentes históricos. Mientras que en el primer caso se realizan juicios de valor (subjetivos), en el segundo simplemente implica reconocer esos juicios sin necesidad de estar o no de acuerdo con ellos. El historiador entonces no debe distinguir lo esencial de lo inesencial en virtud de sus valores, sino en virtud de los valores de los propios agentes históricos. Sin embargo, esta sugerencia introduce el relativismo en la medida en que cada cultura puede considerar cómo históricos eventos distintos dentro de un mismo proceso histórico compartido. Por otra parte, es evidente que el historiador selecciona lo esencial en función de su posición en el presente, conociendo los resultados y consecuencias de los hechos, con una visión más panorámica del pasado e intereses actuales.
En este punto es preciso además recuperar la crítica que realiza Dilthey, tal como la reconstruye Bambach (1995), a la propuesta rickertiana. Según Dilthey nuestra experiencia de la vida está determinada por nuestros valores. Lo que percibimos depende de lo que esperamos, tememos o queremos, y esto es el resultado de normas y valores por los que vivimos. De ahí que los valores no sean separables de la experiencia, como si existieran en un reino trascendental: una separación completa de lo normativa y los factual imposibilita la justificación de las normas. Podemos deducir las normas y valores de los hechos históricos precisamente porque ellos están constituidos, en parte, por valores.
Intentando esclarecer la noción de valor para poder justificar su rol en la epistemología, Rickert expresa que el valor es distinto del objeto que lo posee, así como del acto de valorar. Los valores ocupan un lugar especial en la ontología, puesto que no existen ni objetiva ni subjetivamente, por lo que no pertenecen al reino de la existencia, sino que son irreales. Pero entonces cómo es posible que actuemos conforme a ellos, cada vez que lo hacemos traemos los valores a la existencia, cuando en teoría no son entidades, son lo que debería ser.
Rickert insiste en que no se debe considerar el valor como una entidad. Advierte que no se debe hipostasiar una norma, como si fuera un tipo de entidad a la que nuestras representaciones deben corresponder, ya que si lo hacemos llegaremos inevitablemente al escepticismo. En efecto, no podemos salirnos de nuestras representaciones para compararlos con la cosa en sí misma, ni tampoco podemos tener una representación fiel a cada detalle de lo que nos es dado a la experiencia.
El valor, entonces, se vuelve el objeto principal de conocimiento de la filosofía de la historia. Y los métodos sugeridos por Rickert para conocerlo son dos: la psicología trascendental -que parte del análisis de la cognición- y la lógica trascendental -que parte del análisis del significado de la proposición misma. La cognición es el juicio (de afirmación o negación) de la verdad de una representación. Asimismo, el acto voluntario de afirmar o negar está gobernado por reglas, puesto que todos los actos voluntarios lo están. Esas reglas precisamente son el objeto de conocimiento.
Sin embargo, ambos métodos poseen problemas. El psicológico trascendental supone el desafío de que los juicios son actos psicológicos carentes de status normativo; por lo que si intentamos deducir normas a partir de ellos, debemos presuponer que el propio juicio ya posee este status, formándose un argumento circular. Luego, el enfoque lógico trascendental supone tratar a los valores sin ninguna relación con los propios actos de cognición (puesto que el significado de una proposición es su sentido, el cual no es reducible ni a una entidad empírica ni a una ideal, sino que pertenece al reino de lo irreal). Así Rickert llega al punto en que no puede explicar cómo es posible que en el acto de cognición se unan los valores con lo fáctico, cómo lo irreal aparece en la conciencia de una persona.
A lo largo de este trabajo hemos intentado exponer algunos de los problemas que enfrenta la teoría de las ciencias de Rickert, desde la diferenciación de las ciencias por métodos, pasando por la relatividad y utilidad de la invocación de valores, hasta la posibilidad de conocimiento de los mismos. Siendo esta última dificultad una de las más importantes para todo el proyecto rickertiano porque, como expresa Cassirer (2005), si el material histórico sólo puede hacerse accesible al conocimiento histórico mediante la referencia de lo particular a los valores suprahistóricos universales, entonces se debe justificar cómo el historiador puede llegar a conocerlo, y fundamentar su validez. Si intenta fundamentar desde la historia se convierte en un círculo vicioso, mientras que si intenta construir a priori el sistema, se encuentra con los múltiples obstáculos expuestos.
Para futuras investigaciones queda pendiente estudiar cómo Rickert intenta defender justamente la posibilidad de conocimiento de los valores, así como una reunión de la esfera trascendental con el mundo empírico, mediante la introducción de un tercer reino intermedio.
Notas
1 En su trabajo Rickert tomará a la historia como disciplina paradigmática de las ciencias culturales, de ahí que en lo subsiguiente una importante parte de la discusión gire en torno a la filosofía de la historia.
Referencias bibliográficas
Bambach, C.R. (1995). Heidegger dilthey and the crisis of historicism. Cornell University Press.
Beiser F.C (2012). The german historicist tradition. Oxford University Press
Cassirer, E. (2005). Las Ciencias de la Cultura. Fondo de Cultura Económica, México D.F. (Traducción de Wenceslao Roces).
Rickert, H, (1922). Ciencia Cultural y Ciencia Natural Calpe, España. (Traducción Manuel G. Morente).