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» PUBLICACIONES ESTUDIANTILES¿Por qué no rebelarnos?
Por Candelaria Alonso Camba8 de noviembre de 2023
Frecuentemente se observa que, ante el reclamo de una parte de la sociedad, por que se respeten ciertos derechos o se cumplan las promesas de los gobernantes, otra parte de esta expresa su descontento ante sus quejas, persigue a quienes se manifiestan y los culpabilizan de todos los problemas que surjan, de las consecuencias de la represión y de ser ellos mismos creadores de su condición.
Es extraña esa solidarización selectiva por la que se dirige el apoyo a Estados represivos y fuerzas policiales violentas, mientras que se va ignorando y descalificando los diversos reclamos sociales que se dan en la actualidad. Aparece una gran apatía respecto a la vulnerabilidad ajena de sectores de la sociedad de los que no son parte de ese sufrimiento y una responsabilización de, y solo de, los grupos vulnerados insinuando que ellos mismos se colocaron en esa situación.
¿Qué es lo que motiva a la sociedad a servir a los Estados, aun cuando estos fallan? ¿Cuáles serían las razones para aceptar cualquier condición que nos impongan? ¿Qué lleva a ese sector de la sociedad a respetar y enaltecer a los gobiernos y el estado de las cosas, incluso al punto de desacreditar y despreciar a ese otro sector víctima del modelo vigente?
Hobbes nos decía que debemos aceptar todo lo que el soberano haga y ceder en lo que el soberano nos pida, incluso en esos casos en los que no estamos conformes con lo que se nos solicita ni con aquello a lo que se nos somete. Porque al ser racionales deberíamos comprender que peor que cualquier disgusto momentáneo, sería vivir en ese estado natural que está lleno de temores, crueldades y desdicha provocados por la propia naturaleza del hombre. Y por esta misma racionalidad no podemos ignorar que el soberano es quien actúa en nuestro nombre en la búsqueda de un bien común y de preservar nuestra vida. Desafiarlo implicaría someterse a su castigo, lo que terminaría convirtiéndonos en los autores de nuestras propias penas.
La pregunta es, si somos autores de lo que el soberano haga ¿no sería injusto e ilógico que este vaya en contra del beneficio común? El pueblo debería tener el poder de exigir que se mantengan los principios acordados. Reclamar por el derecho de los jóvenes a estudiar en condiciones dignas y a recibir una comida decente no debería ir en contra de ese bien común. Ni debería exasperar al resto de la población las medidas que lleven a cabo para hacerse oír; organizarse, tomar escuelas e incluso repararlas, no puede ser tomado como más grave que el hostigamiento a los estudiantes y a sus familias llevado a cabo por efectivos policiales. Tampoco debería enfurecer las formas en que se realiza el reclamo en contra de la violencia machista, que dejó un total 212 femicidios en lo que va del año, ya que el motivo principal de estas marchas es reclamar por un Estado que no protege, y descuida, la vida de gran parte de la sociedad.
Proteger a la autoridad sólo tendrá sentido si esto asegura proteger a uno mismo, pero bajo estas circunstancias parece amparar solo a un sector de la sociedad. Cedemos nuestra libertad bajo la promesa de protección, pero si parte de la sociedad se siente desprotegida ¿no tiene derecho a reclamar por ella? Qué tan necio puede ser, que tan errado puede estar, quien reclama porque cede en todo lo que le piden y no recibe nada a cambio, como para que utilicen esa gran máquina de represión para acallarlo.
La Boétie tenía una mirada opuesta a Hobbes sobre qué era más valioso entre la vida y la libertad, y comprendía que todo aquel que pidiera nuestra libertad a cambio de nuestra vida era un tirano y nada más. Él explicó, que las personas servimos por tres razones: En primer lugar, porque somos criados en esta condición de servidumbre, nos acostumbramos y aceptamos la única forma de vivir en sociedad que conocemos. En segundo lugar, porque bajo estas formas de organización, bajo los poderes del tirano, nos volvemos cobardes y nos entregamos a los vicios, por lo que ya dejamos de preocuparnos por rebelarnos. Y en último lugar, nos dice que algunos encontrarán beneficios en promover la tiranía, pues esta se realiza y se sostiene sobre una cadena antinatural y perversa de pequeñas tiranías. El poder del tirano es dado por todos aquellos que lo siguen, quienes se benefician de él y bajo su nombre someten al resto de la sociedad, se hacen con los más diversos privilegios.
Así, se genera en la sociedad una escala en donde uno tiene el poder de someter a otros, mientras estos últimos pueden someter a otros que se encuentren por debajo de ellos, y así sucesivamente hasta que queden al último algunos a los que esta organización de la sociedad no la beneficie en nada y sólo les quede en su poder fantasear con una libertad que no disfrutan.
Es por esto que, ante el reclamo de un sector de la sociedad, aparece en el extremo contrario otro grupo celoso de compartir sus beneficios, que está temeroso de perder ese pedacito de poder que posee. Preocupado por mantener esa distinción que lo hacía aceptar someterse a aquellos más poderosos, ya que siempre podía recordarse gustoso “aún soy mejor que aquellos que se encuentran por debajo de mi”. Y al final aparecen disfrutando de insultar y amenazar a jóvenes con cuchillos, enviando mensajes de odio hacia manifestantes o vitoreando las represiones más severas. Están tratando de aferrarse a esa pequeña porción de poder que por ahora les ofrece impunidad, pero que no se pueden asegurar poseerla eternamente, porque al querer someter a otros les siguen permitiendo a los que están por encima de ellos que cometan contra sí las mismas miserias que disfrutan hacer, y ¿quién puede asegurar que aquellos a los que se somete no decidan arbitrariamente arrebatarle lo que tiene?
Aun así aquellos sectores desprotegidos que no encuentran beneficio alguno en someterse y en el estado de las cosas, deciden expresarse en contra de quienes los oprimen. El propio Hegel asegura que sería absurdo pensar que los hombres se dejan gobernar contra sus intereses, por lo que los gobiernos deben de tener en cuenta los intereses de los individuos y permitirles ejercer sus derechos, para que unan sus intereses particulares a un todo orgánico y así deseen protegerlo.
Si dentro del Estado todo se mantiene estático, es imposible que se den transformaciones, no puede progresar pretendiendo estar siempre igual. El reclamo de derechos y de mayor inclusión, el expresar que un sector de la sociedad se siente ajeno de esa universalidad que se afirma ser, concluirá con una transformación en una universalidad más inclusiva, de la que aún más personas se sientan parte.
La propia universalidad no será capaz de ver que no es tal, por lo que debe estar atenta y dispuesta a escuchar los reclamos de todos aquellos que se sientan excluidos. Es decir, el Estado o diversos sectores que se sienten parte de la sociedad, no podrán comprender qué es lo que el resto de la población necesita a menos que escuche lo que tienen para decirle. Cuando un sector de la sociedad advierte su exclusión lo que busca es remarcar un punto que anteriormente pasó desapercibido a los ojos del resto de la sociedad, su reclamo va por una inclusión de manera equitativa en la configuración social, no busca hacerse del poder y beneficio de otro sino de recuperar su libertad perdida y de gozar los derechos prometidos.
Para poder ser libres en las sociedades modernas necesitamos dejar de dominarnos entre nosotros, la igualdad característica natural de los hombres hace que esa dominación que ejercen unos sobre otros nos vuelva menos libres, ya que esa libertad es menos universal. Esa idea aparece en las expresiones de La Boétie sobre los favoritos, aquellos que se acercan al tirano para tener el gusto de someter se convierten en presas de sus propias aspiraciones y terminan incluso más doblegados que quienes están al final de esa cadena, porque ya ni siquiera añoran la libertad perdida, sino que maquinan y conspiran para conseguir hacerse de más influencia.
Entonces la permisión de esos conflictos, que buscan abolir estas ideas de opresión, se vuelve esencial para que las sociedades se transformen, mejoren y progresen. La lucha, por más criticada y descalificada que sea, debe tener lugar, puesto que es esencial para la política.
Estos conflictos hacen a la democracia ya que esta es, como nos dice Ranciere, el conjunto de demandas infinitas de una igualdad que no es dada. La verificación de esa igualdad es un proceso que llevará años, y durante este tiempo será necesario luchar para conseguir y mantener la libertad que nos garantiza la capacidad de hacer y actuar en reclamo por nuestros derechos. Y aunque las formas en que se proteste sean vistas como exageradas o incorrectas hay que recordar que responden a las pasiones resultantes de las vulneraciones que se pueden llegar a sufrir.
Vivimos en Estados de derecho oligárquicos, donde al poder de la oligarquía estatal y económica solo se lo limita con el reconocimiento de la soberanía popular y las libertades individuales conquistadas y mantenidas por la acción democrática. Para continuar reteniendo a estos Estados arbitrarios de poder debemos evitar que se dirija nuestra atención y energía a los vicios personales, tal como decía La Boétie, rechazando que se restrinja la acción de la sociedad solo a la vida privada, por medio de la expulsión de la escena pública y el enmudecimiento la actividad democrática.
Al negar, desconocer, y oponerse a ese conflicto se va en contra de la democracia misma, en contra de la propia libertad y en contra de los derechos que cada ciudadano posee. Promoviendo y ejerciendo un aislamiento de los asuntos políticos, se fomenta el mantenimiento de estructuras de poder sofocantes y se impide el paso a nuevas configuraciones de los Estados que sean más inclusivos. Lo que debe hacerse es permitir que otros sectores se manifiesten y se hagan de una voz dentro de la sociedad. Que inicien los conflictos por medio de la irrupción en la esfera pública, que será violenta mientras no se les dé un lugar en ella, en su lucha por un papel activo dentro de las distintas instancias de configuración y reconfiguración de esta.
Referencias bibliográficas
De la Boétie, É. (2008). Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Madrid: Trotta.
Hegel, G. (1987). Principios de la filosofía del derecho. Buenos Aires: CLACSO.
Hobbes, T. (2020). Leviatán. (C. Balzi, Trad.). Buenos Aires: Colihue.
Ranciere, J. (2006). Odio a la democracia. Buenos Aires: Amorrutu.