Por Bruno Filippi

14 de diciembre de 2023


Introducción

¿Que es la Comuna, esa esfinge que tanto atormenta a los espíritus burgueses?

Karl Marx en su obra La guerra civil en Francia, intentaba explicar o entender qué era esa comuna que nacía en Paris y aterraba a los espíritus burgueses. Hoy a 152 años de la Comuna de París no solo nos convoca esa misma pregunta, sino también, y con mayor importancia, ¿Que era esa esfinge que asombraba a Marx y lograba atenuar sus sistemáticas críticas, reemplazandolas por elogios?¿Que significaba esa nueva forma de organización para su teoría política?¿Qué caminos alumbraba e ilusiones generaba en toda una corriente de pensamiento y en la clase proletaria, la realización de ese inalcanzable gobierno del pueblo para el pueblo? y además ¿Qué significa y representa hoy y en nosotros, a tanta distancia espacio-temporal, la Comuna de París?


I. De espejos y cristales

En una primera lectura el interés de Marx por la comuna se presenta por lo que esta nueva forma de organización niega, y no solo por lo que luego afirma. A diferencia de las revoluciones pasadas los hombres y mujeres de 1871 no se propusieron tomar posesión del aparato del Estado y reproducir con sus propias manos el mismo mecanismo de fuerza pública organizada para la esclavización social. El pueblo proletario necesitaba interrumpir ese ciclo de dominación de una clase sobre otra producto de esa relación desigual entre el capital y el trabajo cristalizada en el Estado. La realidad de la Francia y del viejo mundo en el siglo XIX estaba muy lejos de la idea de que la república o el imperio pudieran resolver en su seno toda contradicción de la sociedad, al contrario, esas sociedades y Estados espejos solo reflejaban su misma miseria o corrupción y la cristalizaban en el paso del tiempo. Como explica Karl Marx “El poder del Estado, que aparentemente flotaba por encima de la sociedad, era, en realidad, el mayor escándalo de ella y el auténtico vivero de todas sus corrupciones” (C. Marx, 2003, p.66). La teoría filosófico-política de Hegel se derrumbaba frente a las injusticias de París, el Estado ético con su mera existencia no era capaz de resolver los conflictos de la sociedad, sino que era parte del problema, por lo que su existencia debía declinar al tiempo que emergía la comuna. Las banderas de libertad e igualdad izadas por la revolución de 1789, junto al ruido de sus declaraciones, en 1871 sólo encubrían los encadenamientos y las desigualdades que se veían en los suburbios obreros diseñados por la escuadra de Haussmann, en donde el resplandor de la ciudad de las luces no llegaba. La comuna debía desvanecer las formas de dominación cristalizadas en ese ciclo de espejos de Estado-sociedad, por lo que implicaba romper no solo con los vestigios aún persistentes de la monarquía y la aristocracia francesa sino además con esas repúblicas e imperios surgidos de las revoluciones pasadas. Karl Marx encuentra en esta doble ruptura, o gran ruptura con el pasado, algo análogo con lo que pretende realizar con su pensamiento. Romper y superar la teoría hegeliana, y por consiguiente a los grandes pensadores modernos anteriores, Hobbes, Rousseau y Locke. La comuna de París desde el momento de su negación a lo establecido se elevaba con su misterio y espontaneidad frente a los ojos resplandecientes de marxistas, anarquistas, comunistas y muchos otros, que encontraron en ella, un modelo que se construía desde la realidad de un pueblo y no de un tintero.


II. De espejos rotos y revoluciones

La peculiaridad de los sucesos de la comuna se encuentra en la forma en la que realiza su negación al Estado. No se trataba aquí de una negación común o manifiesta, a la que estaban acostumbrados los teóricos marxistas o anarquistas que realizaban en sus críticas escritas, ni tampoco de protestas o propagandas que la clase obrera realizaba ante las injusticias del sistema. La negación no fue escrita ni solo gritada en las calles. La negación tenía forma de comuna, su mera existencia era una negación al Estado, el hecho concreto de ser rompía el espejo. Esta revolución no caía en la pretensión de ninguna forma de Estado, sino que proponía su antítesis, su inexistencia. ¿Quienes eran esos salvajes que quedaban a la suerte del derecho natural?¿Cómo vivían y se organizaban sin el control de un Estado?¿Quién protegía la libertad y la igualdad sin la represión, la doctrina y los privilegios que aseguraban la espada y la biblia?. A los ojos de Marx se presentaba como el resultado natural del progreso de la historia que desde su ansiada revolución desembocaba en la primera dictadura proletaria, la realidad escribía el final de su teoría política, la utopía marxista se encarnaba en París. En 1871 la revolución no reproducía los viejos propósitos revolucionarios de carácter meramente políticos, la comuna esta vez era una revolución social, lo político sólo derivó de manera colateral.

La ruptura con el segundo imperio francés implicaba a su vez la abolición de una estructura social, política y espiritual que generaba un sometimiento y una desigualdad cristalizada en las relaciones sociales. Es por ello que la comuna se afirmaba sobre la disolución del ejército, el parlamento y la iglesia. Mutilaba los brazos, la mente y el alma del temible leviatán. Además de esto, lo que aterraba y hacía temblar al viejo continente, y en su reverso, esperanzaba y maravillaba a Marx era la emancipación del trabajo y la supresión de la propiedad privada. Con esta doble medida se atacaba la génesis de la dominación de clase, se eliminaba de raíz la contradicción intrínseca de la economía clásica, se desarticulaba por completo la desigualdad fecundada en el antagonismo capital-trabajo. Los proletarios revolucionarios florecían natural y espontáneamente en las fábricas parisinas en defensa de los enemigos externos e internos de su Francia y sus vidas. Marx encontraba en la Comuna la explicación al comunismo, “el irrealizable comunismo”, era todo lo que debía ser. En sus palabras resaltaba que “la gran medida social de la Comuna fue su propia existencia, su labor. Sus medidas concretas no podían menos de expresar la línea de conducta de un gobierno del pueblo por el pueblo” (C. Marx, 2003, p.77). La Revolución y la Comuna de París lograron romper en su breve existencia el reflejo de injusticia y contradicción que se espejaban una y otra vez en la sociedad y el Estado. Las formas de dominación de clase cristalizadas se disolvían con el movimiento de las banderas rojas de la República del Trabajo.


III. De un nuevo espejo y el alcance de su reflejo

La Comuna era el retrato de mujeres y hombres parisinos, de sus necesidades y urgencias, de sus ambiciones y sueños. Era el impulso espontáneo de un pueblo unido frente al peligro de permanecer en un pasado que los oprimía. Karl Marx en su defensa argumentaba que “no se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal” (C. Marx, 2003, p.69), el pueblo ya no pretendía espejarse en algo, él era la Comuna, esa inédita forma de organización era la unidad, el sentir y el hacer de un pueblo, ese nuevo espejo que encandilaba al viejo mundo. Su estructura corporativa de trabajo, ejecutiva y legislativa se componía por la seguridad a manos del pueblo armado, la decisión a cargo de consejeros electos, la educación laica y gratuita y la justicia electiva y revocable. Las imperfecciones y falencias del pueblo también eran la Comuna, al contrario del Estado, esta no pretendía ser infalible, por el contrario, reconocía y abordaba sus carencias y faltas. La Comuna, ese pueblo hecho comuna, tenía la cualidad de aunar en su lucha y en su conformación, no solo al pueblo proletario de París, sino a los obreros de todo el mundo, ella le “concedió a todos los extranjeros el honor de morir por una causa inmortal” (C. Marx, 2003, p.77). Para Marx la revolución era social y proletaria, la Comuna era una ruptura más allá de las fronteras francesas. Para él, se erigía -y debía hacerlo- como un arquetipo, un ideal o una mera esperanza. La Comuna debía ser un espejo para el mundo, debía reproducirse en cada pueblo oprimido.

A más de un siglo y medio de la Comuna, su importancia, su significancia, su marca no coincide, en nuestra lógica cuadrada, con su efímera existencia. ¿Como algo tan breve impactó tanto?¿cómo procesar y acaparar en sus pocos meses de existencia tanto contenido, tanta relevancia? La magnitud de su ruptura es inconcebible para nuestra forma de pensar, para nuestra manera de transitar el tiempo. La Comuna era totalidad e inmediatez, la urgencia de lo que hoy parece postergable o secundario, para el pueblo parisino resultaba vital. Considero fuera de lugar realizar una crítica de lo que se podría haber hecho o evitado a 152 años de distancia, por un lado porque sería contrafáctico, y por otro porque, recuperando las críticas de Marx de carácter estratégico, organizacional o con respecto a las prioridades de la Revolución y la Comuna, se terminaría desembocando en sugerencias de planificación o implementación de elementos que son ajenos al espíritu y sentido de la Comuna, que irían en contra de ese impulso orgánico de urgencia en la cual la Comuna se funda.

Hoy la Comuna nos invita a reflexionar sobre el presente sugiriendo no caer en los anhelos del pasado. Pensar en la Comuna no debe implicar la forma de reproducirla en pleno siglo XXI, lo considero ingenuo y contrario a la lógica de los hombres y mujeres de 1871, ya que si bien como argumenta Marx “las creaciones históricas completamente nuevas están destinadas a que se las tome por una reproducción de formas viejas e incluso difuntas de la vida social” (C. Marx, 2003, p.69) esto no significa que la comuna estuviera pensada como una recuperación de formas de organización pasadas, al contrario su propósito era no hacerlo. Considero que la Comuna nos sirve de ejemplo, no por su forma específica de estructura u organización -para lo cual no me alcanza el optimismo para poder proyectarlas en la complejización de nuestra actualidad- sino por lo que significa en su capacidad de negación de lo establecido, de visualización y disolución de las formas sociales cristalizadas y en la ruptura de esos espejos que reproducen en las sociedades las miserias y corrupciones de sus Estados y viceversa. Me pregunto ¿Qué Estados espejan nuestras sociedades?¿Qué derechos están siendo violados detrás de su proclamación?¿Qué formas de dominación se cristalizan y se normalizan frente a nuestros ojos? Hoy la Comuna sigue siendo esa esfinge, esa criatura misteriosa que aterra a los burgueses, que oculta en su interior lo que piensa, lo que siente, lo que es, qué con su enigma disputa a marxistas y anarquistas, y que deslumbra los ojos de un viejo Marx. Hoy la Comuna es un espejo de esperanza, inconformidad y lucha.


Referencias bibliográficas

Marx, C. (1818-1883). La guerra civil en Francia, (Parte III).. Madrid: Fundación Federico Engels, 2003.